Hacía tiempo que había caído en la rutina de ir todos los días al caer la tarde a la playa, ver como el Sol despedía un día mas ahí, era algo que se me había hecho necesario. Era perfecto. La playa estaba lo suficientemente alejada del pueblo para que a esas horas nunca hubiese nadie que me molestase en mis pensamientos. Me gustaba sentarme descalzo, con la libreta apoyada en las rodillas, esperando a la inspiración, esa amiga bipolar que me había abandonado hacía mas de un mes. Me sentaba ahí, mirando al mar, esperando que volviese, como si fuera ese antiguo amor que viene de la guerra.
Esa tarde había sido especialmente caótica. Las facturas de la casa que había alquilado en la zona me estaban ahogando. El poco dinero que me quedaba no me daría para mas que dos o tres semanas, estirándolo mucho y con igual suerte. Había pasado varías horas con el dueño, sumido en libros de cuentas que no entendía y que habían llegado a hacer que mi cabeza estuviese a punto de explotar. Había salido corriendo de ahí, en cuanto termino la reunión, buscando la paz que solo encontraba en ese pequeño escondite que había podido encontrar, cubriéndome entre el mar y el bosque.
Llevaba ya poco mas de un mes viviendo ahí, escapando de la ciudad y su movimiento, buscando la inspiración para mi próximo libro. Pero nada, tal como yo huía de la ciudad, la inspiración huía de mi.
Los arboles aquella tarde estaba estremeciéndose, meciéndose fuertemente a mi espalda. Esa noche habría tormenta, de lejos se veían los nubarrones que lo anunciaban. Me resguarde bajo el único árbol que había conseguido colarse en la arena, creando un refugio temporal. Esperando que no hubiese ningún rajo que me pusiese en peligro, me descalcé, como siempre, mirando hacia el Sol, que se escondía en el horizonte, tratando de que las nubes no lo atraparan y le taparan.
Pasaban ya las ocho de la tarde cuando el Sol estaba ya a media caída cuando unas gotas gordas empezaron a dejar huellas en la arena. Era hermoso, Los nubarrones descargaban su arsenal sobre la playa, mientras el Sol se iba, dejando un color rojizo que pronto daría paso a la noche.
Una risa llamo mi atencion, al otro lado de la playa. Venia desde la derecha. Una chica se acercaba por mi dirección, dudaba de que me hubiese visto, pero no tardaría en hacerlo, iba directa a mi.
Estaba jugando con el mar, cada vez que este se acercaba para besarle los pies, ella se retiraba, riendo a su vez. Bailaba con la lluvia, dando vueltas sobre si misma, con una delicadeza impropia del momento. El vestido rojo se le pegaba al cuerpo, dejando ver su esbelta silueta. Las gotas la empapaban, pero a ella no le importaba, ella bailaba y jugaba con el mar y con la lluvia, como si le perteneciesen. Llevaba el pelo moreno hacia un lado, dejando que el agua resbalase por su cuello, sin importarle nada que se le transparentara nada de su cuerpo. Por fin, me vio.
Sus mejillas se sonrojaron, seguramente no esperaba que nadie la estuviese viendo. Pero me miraba divertida, como si le hiciese gracia que alguien estuviese viendo lo que hacia, sin importarle lo mas mínimo. Se acerco a mi corriendo, como huyendo de la lluvia, graciosa.
Lo primero que vi fue sus ojos, marrones, claros, prácticamente de color miel. Eran bastante grandes y me miraban con una mirada infantil, juguetona. Su piel bronceada, típica de la costa, completamente mojada. No se que cara tendría, pero por lo visto le hacía mucha gracia. Debía de parecer un tonto, pero me había quedado hipnotizado mirándola como se acercaba hacia mi.
- ¡Hola! - me saludo muy animada por la situación, sabiéndose como quien tiene el control del momento. - ¿Quien eres?
- Hola... Esto... ¿Yo? Nadie... nadie importante, da igual. ¿Y tu? ¿Que haces aquí? Con lo que llueve, mañana no podrás ni levantarte de la cama.
- No pasa nada, es solo agua. Es como meterse en el mar. ¿Cual es la diferencia? Me gusta la lluvia ¿a ti te gusta la lluvia?
- No, en realidad la odio.
- ¿Y que haces aquí entonces?
- Vengo todos los días.
- ¿A que?
- Esto parece un interrogatorio... ¿Quien eres?
- Me llamo... bueno, mejor no. Yo no se tu nombre, tu no sabrás el mio. - No era tonta la condenada y se relamía con su control sobre mi. - ¿Que tienes en esa libreta? ¿Estabas dibujandome?
- No soy precisamente un pintor ni nada de eso. Intentaba escribir algo... pero no se me ocurre nada.
- Bueno, eso no importa. Ya te vendrá la inspiración. ¿Quieres venir conmigo? Igual si te mojas, te llueven las ideas junto con el agua. - me soltó un guiño atrevido. No necesito mucho mas para convencerme.- Venga vamos... ¡Te vas a divertir!
Me asió de la mano fuerte, levantándome, aun que yo tampoco opuse mucha resistencia. Sentía como las frías gotas de agua calaban mi ropa, como mis pantalones se pegaban a mi piel. Me llevo hasta la orilla del mar, entrando ella primero, hasta las rodillas.
- ¡Ven! El agua esta caliente, corre. - Me miraba divertida, buscando jugar conmigo.
- Estas loca...
- Quizás por eso yo parezco feliz y tu parece que llevas metido en un ataúd los últimos quince años ¿no? Jaja... ¡Ven corre, vamos!
Camine hacia a ella. Tenía razón, el agua del mar estaba caliente, daban ganas de zambullirse ahí mismo.
Pasamos un buen rato allí, hasta que el Sol desapareció completamente y la luna había hecho acto de presencia. Me sentía vivo a su lado. La miraba y en sus ojos de miel, me perdía. Nadamos, bailamos, jugamos juntos ahí en el mar, en la orilla, tratando de atraparla, escapaba de mi riéndose.
Cuando ya no pudimos mas nos echamos en la arena, muertos de cansancio. La lluvia había dado una pequeña tregua, dejando un leve rocío como mera presencia.
- ¿Ves? Así se vive mejor que entre libros.
- Son los libros los que me mantienen vivo. No lo entenderías.
- Mas de lo que crees. Pero eso no te hará feliz... ¿Como te sientes ahora mismo? Dime...
- Mojado, muy mojado. Pero feliz.
- No si... tengo yo razón.
- Bueno, no te subas tanto eh... ¿Quien eres?
- ¿Quien quieres que sea? - su voz era tan dulce... - Me tengo que ir. Hace un rato que tendría que estar en casa, mis padres me esperan.
- ¿Te volveré a ver?... Dime como te llamas, al menos.
- Me veras si quieres, aquí mismo. Y no, no te diré nada. Si quieres saber quien soy, se feliz.
Se acerco hacía mi y me planto un beso en la boca, casi sin tocarme, rozando un poco los labios, mientras me sonreía.
- Adiós...
Y se fue corriendo por donde había venido. Como si no hubiese estado ahí conmigo. En aquel momento acostado en esa playa, mirando su silueta desaparecer, sabía que había ocurrido, me había enamorado. De una chica sin nombre, que no conocía de nada, pero que quizás me había enseñado a como ser feliz. Necesitaba volver a verla y no hacía ni un minuto que se había marchado...
Si, definitivamente me había enamorado.