Todas las noches la misma historia. La misma rutina. Se bajaba a las 3 de la noche, cuando todos los bares estaban cerrados, escasas luces quedaban encendidas en las miles de terrazas, solo se oía los lejanos gritos de algunos jóvenes que correteaban bajo el efecto del alcohol. El era ajeno a todo eso, se había instalado en esa rutina por la que cualquiera podría ser llamado loco. Siempre bajaba a la misma hora, por las mismas calles, subiendo los mismos escalones y bajando por la rampa que le conducía a la arena fría de la noche, siempre sentado delante de las altas sillas de los socorristas, tapándose de miradas furtivas de policías de paso y alguna persona que se creía valiente para meterse en el oscuro mar. El observaba todo desde ahí, sentado, sin decir nada. Se sentaba mirando a la noche besándose con el mar, en el horizonte, como un voyeur del amor de ambos. Viviendo enamorado de la luna, contaba estrellas. Le gustaba respirar hondo y notar el olor a sal. A las 4 siempre se acercaba a la orilla, dejando que el agua mojase sus pies descubiertos, sentir el mar, abrazar su oscuridad. Se quedaba un largo rato así, alli, de pie. La noche era suya, la mejor forma de expiar sus pecados, sus sentimientos, de olvidar todo. Eran esas horas las que hacían que al día siguiente tras la abrasadora luz del sol, no decidiera acabar con todo. Esas horas que la noche, el mar y su amada luna le regalaban. Después volvía a sentarse y escribía en la arena siempre lo mismo, su castigo, el repaso de su vida.
"Cuando tus fracasos superan a tus victorias."
Una y otra vez...
"Cuando tus fracasos superan a tus victorias."
En su cabeza le retumban esas palabras. La llevaba tatuada a fuego en el alma, sabiendo que de esa frase nacia su vida Cuando veia el desfile de sus causas perdidas. De la familia con la que ya no hablaba, los amigos que el tiempo había hecho partir, los amores infructuosos que salieron de su timidez. Jamas había destacado en nada, no había sido el mas alto, el mas guapo, el mejor en una modalidad deportiva, ni el primero de sus promociones. Había pasado desapercibido por el mundo. No había dejado huella de nada. Todas las noches taladraba su cabeza con esa idea, de que solo el mar y la luna le recordarían, de que había sido todo, y de todo no había conseguido nada. Cuando el mar borraba su primer pensamiento, arrancaba a hacer memoria. Escribiendo en la arena los nombres de la familia que un día tuvo, que abandono. A veces imaginaba como serian las cosas si hubiese permanecido a su lado, y sabia que ninguno de los caminos acabarían bien. De nuevo el mar se llevaba su triste obra, los nombres de esa gente, ahora ya desconocida, se borraban como lo habían hecho en su vida. Y cambiaba de plano, mirando a la arena, tomaba un puñado seco que iba soltando poco a poco al mar. Se veía como esa mano, fuerte, segura, tratando de sujetar lo que podía de la huida de la arena. Como esta, todos los amigos que tenia se fueron. Se había rodeado de hipócritas, se había granjeado con la humanidad y se había dado de bruces al ver que no habia quedado ni uno. Ni un solo grano de arena que mereciese la pena conservar. Formaba una pequeña montaña de arena, esperando que el mar, mas sabio que el, se llevase a esa pandilla de hipócritas. Que no volvieran. Cuando el mar se había llevado el pequeño montículo, sacaba un pequeño trozo de madera carcomida de la silla de los vigilantes y escribía las iniciales de todos esos amores fracasados. Que de primera a ultima habían acabado desfilando de la mano de alguno de sus mas cercanos. Olvidándose de el. "A. E. R. D. A. R. M. B. M. F." Mas de las que le hubiesen gustado y los que hubiese querido. Todas puestas en el mismo orden siempre, el orden en el que las vio por primea vez, una a una, deseandolas, queriendolas y hasta amandolas una a una hasta que le olvidaban. Le echaban de su vida. Le decían que no era el. Que preferían algo mejor. Y así una larga lista de excusas para echarle de su lado. De nuevo, el mar volvía a borrar esos recuerdos. Volvía a llevarse sus nombres y su amor. La facilidad con la que el agua conseguía borrar las huellas en la arena le atraía. Era mas una forma de aprender. Si el mar podía, el podia. Podía borrar esas huellas que le iba dejando la vida, las marcas en la arena de su vida. Ellos y ellas. Todos los que se habían marchado. Y llegaban las 6. Ya escuchaba los primeros gritos de los que después de una noche de fiesta se acercaban al mar para despejar su mente del retumbar de la musica. No recordaba cuantas noches habia visto morir. Era ver como se iba y ya la echaba de menos. Ya esperaba que llegara la noche siguiente, encontrarse con su amada. Volver a olvidar sus fracasos, volver a expiar sus pecados. Simplemente volver... Y olvidar de nuevo a todos y todas. Esta era su vida, su rutina. Ya no tenia familia. Ya no quería mas amigos. Ya solo le entregaba el amor a la luna y al mar. Seguiría ahí, noche tras noche, con la lluvia, con la luna, con la arena, con el aire y con el. El sol ya había salido y de nuevo estaba dibujando la sonrisa falsa que debía tener a todos. Ir a trabajar, al bar de siempre, deseando que llegara la noche para volver a olvidar. Susurraba un adiós, miraba a ambos lados y caminaba vuelta a casa, esperando que algún día llegara algo que le sacara de allí, para siempre. La misma historia de siempre.