Rodrigo.
Son las siete de la mañana, otro día normal, se levanta y lo primero que ve es a su mujer, a su lado, dormida. Hacia años que era solo eso, su mujer, ya no había amor, ya no eran esa buena relación con la que predicaban. Habían tenido dos hijos, ya independizados, a los que se había encargado de colocar en un buen puesto partido y el bufete. En su mesilla la bandeja que le deja siempre su criada, servicial y silenciosa. En ella, solo una copia de las portadas de los grandes diarios del país, no le interesa mas, sabe de sobra que de saltar algún escándalo relacionado con el, saldría en la portada. A su lado un café cargado y una tostada. Su desayuno de cada día, el que había usado como ejemplo de austeridad para firmar algunos recortes. Siempre que lo veía se sonreía para si, pensando en que de verdad, había gente que se creía tales patrañas, de que el, un político de renombre, que muchos medios habían apodado el tiburón del Congreso, anterior jefe de banca y futuro consejero en cualquier empresa de algún amigo suyo, iba a tener "austeridad". Rodrigo se movía entre ese grupo de gente que habían heredado una cosa de los magos, que era el arte de engañar. Sabia convencer, su labia era famosa, había crecido desde lo mas bajo hasta llegar allí, el palacio presidencial. Se acordaba vagamente de sus años como joven militante, un rebelde mas, pro-familia, cuando no tenia familia ya que le quisiera. Anti-aborto, después de pagar el mismo de una de las fulanas con las que sorprendió a su hijo cuando era joven. Sabia perfectamente como manejar la economía para que sus mejores escuderos le debieran hasta los calzoncillos que vestían. Se jactaba de ser un político mas, sin escrúpulos, con la mirada vacía de cualquier remordimiento. Aprendió desde pequeño que, para triunfar, solo debes mirarte a ti, pensar en ti, mentir, engañar, usar la palabra como truco para que la masa se comportase como borregos. Tenia su vida hecha, sus hijos y sus nietos tenían todo hecho sin haber llegado a hacer nada. Todo gracias a el, a el basto imperio político que había construido a base de engaños, de estudios, de horas de peleas con diferentes personas de distintas ideologías. Leía las portadas y no veía nada importante:
- Cae la bolsa.
- Suben las hipotecas.
- Otro banco en quiebra.
- Crisis sanitaria.
¿Y a el que? Ningún escándalo que le pintase la cara, nadie había levantado la alfombra ese día. Muchas manifestaciones pero ninguna represalia. Tenia bien atado cada movimiento de cada eslabón de la cadena.
Fernando.
Otro día mas. Fernando se levanta temprano, siempre sobre las cinco y media, sin que haya salido si quiera el Sol. Su rutina era clara, levantarse, sacar a su perro y salir a correr un rato, antes de que hubiese mucha gente por la calle. Su vida como jefe del sindicato de los trabajadores le había catapultado a una fama que no le gustaba, que no manejaba bien. Echaba de menos poder ir un bar y que no le hablasen de política, de papeles que firmar, de reuniones... Todo le hacia sentir mal, ver la cara de mucha gente que había considerado amigos y ahora solo eran gente afín a sus ideales o detractores de los mismos. En los últimos tiempos, los segundos se habían multiplicado. Varias de sus cuentas habían salido a la luz. Echaba de menos sus años de estudiante, de las reuniones en garajes y locales cerrados al publico, de ser un desconocido de puertas para fuera. El había llevado su lema de que los trabajadores eran lo primero, pero todos los días le daba vueltas a si las firmas que había hecho de estatutos y reformas habrían servido de algo, que había fallado para llegara donde estaban. Había gente que se lo recriminaba por la calle, "has vendido tus ideales", "defiendes al trabajador de día y le robas de noche.". Y tenían razón, el lo sabia, dentro de si lo sabia, pero siempre le pudo la avaricia, las ganas de poder. El, confiado de sus ideales de joven, ahora los había cambiado por un traje de Massimo Dutti, una cartera de Louis Vuitton y un puesto de trabajo cuando acabasen sus años como jefe sindicalista como consejero en una gran empresa. No se avergonzaba, al final, lo que mas le importaba era tener a su mujer contenta, que su hijo tuviese todo lo que el no tuvo. Se tomaba a broma los comentarios que le hacían algunos de sus compañeros. El daba conferencias a los trabajadores defendiendo el uso de la escuela publica, de el derecho laboral, de un sueldo justo, mientras el tenia emplazado a su hijo en el mejor colegio de la ciudad, jamas leía los contratos que firmaba por los derechos de los trabajadores que debía defender y su sueldo triplicaba el sueldo medio de una persona corriente. Ironías de la vida, la política que el atacaba, le termino por endulzar y tragar.
Ahora, después de sus carreras con sus pensamientos, llegaba a casa y leía su plan del día. Todo lleno de reuniones absurdas que no conseguirían nada para nadie mas que para los cuatro o cinco que se iban a sentar en esa mesa a "pactar acuerdos".
En fin, otro día mas, enfundado en su traje, saliendo de su piso, mascara en mano.
Mateo.
Mateo no podía mas, los últimos días le habían dejado tocado moralmente. Las elecciones generales se acercaban y el solo veía que la gente de mas años de su partido le dejaban, día tras día, con nuevos problemas. Crisis en ayuntamientos, corrupción, militantes desleales. Su principal rival político, Rodrigo le llevaba unos puntos por delante, pero le veía tranquilo. En todos los debates contra el se había sentido vapuleado, sabiendo que su oponente tenia una lengua viperina capaz de dejar en calzones a cualquiera, asesorado por un gran cumulo de oradores, claro. Peleaba contra el y peleaba contra los que, en teoría, tenían sus mismas ideologías. Se le criticaban sus votos cuando coincidían con los del gobierno y se le criticaba aun mas cuando no coincidían pero no daba ninguna solución. Siempre , cuando se es opositor se tienen muy buenas palabras pero acciones cero. El tenia que levantar el carro que su antecesor había dejado tirado, tenia que levantar un partido que estaba dividido en grupos, y no llevaba mas de tres meses en el cargo. Esa mañana no era especial, su rutina de levantarse a las seis de la mañana, desayunar sentado en su lujosa cocina, mirando las noticias para ver como iban los asuntos políticos que le incluían. No le importaba nada mas, esa imagen de "el defensor del pueblo" quedaba muy bien para ganar los votos, pero eran los mercados, eran los aliados los que le harían colocarse a la cabeza, no el panadero, no el kioskero. Si se ganaba los mercados, si ganaba fuertes aliados su imagen se vería beneficiada. Ya le habían ido con canciones de sirena a decirle que, de conseguir poder, tendría la vida de sus nietos y los hijos de estos, solucionada. Esa idea le gustaba. Nadie conocía sus ideales, pese a que sus palabras eran de buena intención, sus acciones demostraban que estaba en muchas cosas mas de acuerdo con Rodrigo que con cualquier otro de sus oponentes. Pero debía vencer, años de ciencias políticas en la Universidad, cursos de oración, carrera como abogado, todo, no serviría para nada si no era capaz de ganar a sus rivales y llegar allí, el palacio de gobierno. Sabia que su discurso de "ajustarse el cinturón" caería en el olvido en cuanto ganara, pero no le preocupaba. Se veía listo y preparado para conseguir sus objetivos, relanzar la marca de su país, levantar las alfombras de los demás, barrer debajo y dejar la suya pegada al suelo. Ese día tendría mas reuniones, como siempre, se miraba al espejo y se repetía una y otra vez "Presidente Don Mateo"... Le sonaba tan bien.
Ernesto.
Ocho de la mañana. Ernesto baja como siempre a por el pan,su sitio de siempre. De pasada ve a sus vecinos, sabe de sobra que le van reconociendo. Hace meses que es cabeza de un sector político en alza, sabe que ya no le ven igual. Mucha gente que antes no le prestaba atención, le mira por la calle y le da la mano, le aplaude y le pide que continúen. Otros, sin embargo, que también veía siempre, le miraban con recelo, pensando que podría ser el demonio personificado. Al llegar a casa, se sentaba a leer la prensa por Internet, buscando nuevos escándalos en los que poder atacar a la yugular de sus oponentes. Les tenia acorralados, hacia tiempo que estos habían firmado su propia carta de defunción. Las movilizaciones en la calle, los movimientos estudiantiles, todo, había sido obra de ellos mismos. Y el se jactaba de ello. Leía siempre los relatos de el Che, parafraseaba a Marx y revisaba los planes políticos de países del llamado "tercer mundo". Siempre pensaba igual, si una medida en un país subdesarrollado funcionaba, ¿como no iba a funcionar en un país mas desarrollado? ¿mas capacitado para llevarlo mejor?. Se sentaba y pensaba fríamente cada movimiento de sus pies, cada final de sus frases. Sabedor de que, pese a su juventud, era el único que podía poner en aprietos a Rodrigo primero y a Mateo después. Muchos le llamaban radical, le atacaban por poner ejemplos que, para los no conocedores, eran peligrosos. Su respuesta era siempre igual, se defendían atacándole a el directamente, y el no se defendía, sabia que cualquier persona se daría cuenta de que si le atacan es por que le temen. Contaba con algo que sus oponentes no. El solo no ganaba votos, el no hacia perder votos a los demás, ellos solos perdían todos sus votos. Leía ataques de periodistas, politólogos, economistas... Y sabia que, en gran parte, tendrían razón.
¿Sabría llevar el poder, de conseguirlo? ¿Como conseguiría sacar un país adelante con unas medidas tan radicales?. En muchos, leía miedo, leía la palabra terror. Pero su ideología era clara. Ni el mismo sabe si, de llegar a el gobierno, cambiaría sus ropas por trajes ceñidos, su peinado por algo mas sensato, taparía sus tatuajes, se quitaría pendientes. El mismo no sabia que pasaría el día que el primer contrato millonario le llegase a sus manos, en que tuviese que decir no a puestos de importancia tras su retirada política. Pero si sabia que todo esto le servia para tener mas poder. El era una incógnita, sus oponentes eran ya conocidos, sus corrupciones, sus alardes de austeridad y su hipocresía lo eran, pero el no, el era una nube, bien de humo o bien una que tape un sol, y eso estaba a su favor. La gente que conversaba con el estaba cansada, quería de verdad creerse lo que el decía, pero sabia que tenían miedo a que todo se fuera de las manos, que llegase la anarquía, pero ni el sabia que pasaría. Le gustaba pensar en el hoy, dejar el mañana como algo bonito y olvidar el ayer y solo recordarlo para aprender. No quería llegar a ser otro caudillo, no quería llegar a ser otro revolucionario, pero no quería ser una persona trajeada, un pelele de fuerzas mayores el. Se movía entre el miedo de algunos y la esperanza de otros, mientras iba cogiendo poder.
María Jesús.
Cinco de la mañana. Su marido Pedro estará a punto de llegar, el trabajo temporal no le permite horarios mas justos. Pese a que su empresa había firmado hace poco convenios para los trabajadores, un pequeño resquicio había dejado a mas de 3.000 fuera de esas "ayudas" para ciertas familias. No era sorpresa. Allí estaba ella, despierta esperando que su marido llegara, viendo en una habitación a su hijo mayor con su abuela, que se había mudado con ellos para ayudarles con su pensión a pagar todo. En la otra habitación, sus otros dos niños, pequeños, los gemelos. Les miraba y suspiraba, les quería, daría su vida por ellos, pero mantenerlas les estaba quitando la vida a el y a su marido. Las becas de comedor habían sido reducidas, los libros le habían costado horas extras por tres meses a el padre, su hijo mayor tenia 17 años y trabajaba por un sueldo paupérrimo para poder ayudar a sus padres. Cada vez que recuerda que su hijo le dio su primer sueldo para ayudarla a pagar la hipoteca, rompe a llorar. Había perdido su infancia, su adolescencia, por intentar ayudarles a ellos a mantenerse. Las deudas les tenían quemados, los años de vacas gordas habían pasado. Era día 20 y el mes ya había terminado para ellos, les quedaban por delante 7 días de incertidumbre a ver como mantenerse. Hacia cinco meses que el banco le envío una advertencia de desahucio. Y estaba ella allí, mirando la televisión, veía a Rodrigo, el presidente, debatiendo con Mateo. Mientras, Fernando, dando lecciones morales a los trabajadores. Todos sabían los sueldos que cobraba por cada conferencia y cada contrato que firmaba, nadie se sorprendía ya que fuera una figura mas que publica. Y de vez en cuando salia Ernesto, ese chico le traía un pequeño aire de frescura, pero ciertas ideas la tenían con la voluntad cambiante, le veía buenas maneras, pero no sabia si seria así, o seria uno mas de aquella pocilga. Ella no entendía nada de estos, leía que la bolsa había bajado, que todo se volvía mas caro, que las hipotecas subirían y que los pisos estaban a la baja, que las pensiones se congelarían y que se reducirían servicios en sanidad, educación y servicios públicos, pero ella no entendía nada. Solo entendía que ahora no podía permitirse lujos, entendía que no podía llevar a sus hijos a practicar deporte por los altos costes de las matriculas, que llevaba muchos años sin poder cenar a solas con su marido decentemente por que el nunca podía estar en casa por que siempre estaba trabajando. Su trabajo como limpiadora les servia para llenar la nevera semanalmente, pero no era un trabajo fijo. Sentía miedo cada lunes al llegar al trabajo y que le dijeran que esa semana no tenían nada para ella. María Jesús sabia que tenia que dar gracias, por que pese a todo, gracias a su esfuerzo y el de su marido, el sacrificio de su madre, podían darle un futuro a sus hijos pero... ¿que futuro? ¿que seria de ellos cuando no estuviesen?. El buzón lleno de deudas, la nevera vacía de comida, los ojos llenos de lagrimas, y mientras otros, podridos de dinero que no era suyo. El mundo puede ser injusto, pero María Jesús no podía rendirse, no, por sus hijos.
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