jueves, 16 de marzo de 2017

Sx2.

Ruedas corriendo por la T1 de Barajas. Siete menos cuarto de la mañana. El tiempo apremia.
-          Dónde estás? – llega un mensaje al teléfono.
Ya son menos diez y ella no ha llegado.
-          Llegando. No encontrábamos el aparcamiento. Tranquilo, quedan aún una hora para irnos.
Bueno, la puntualidad nunca fue su fuerte, llevaba años sabiéndolo, no era un problema. Siete menos cinco. El facturado de maletas esta vacío, no quedan ya pasajeros hacia Londres en el stand de Easyjet pasando sus pequeñas maletas, justas para colar kilos y kilos, pero que no superen el tamaño que exigen ahora. Mínimo.
-          Ya están ahí.

Lágrimas, despedidas. Besos y abrazos. De todo, pero bueno es lo normal. Cuando emprendes un viaje así es lo que esperas. Nunca me gustaron las despedidas. Nunca he sido capaz de decir adiós ni cuando me voy de casa, por no saber si volvería.
Pero bueno, ahí estábamos. Asientos 7F y 7E. Vuelo Madrid- Londres. De barajas a Stansted. Sería difícil empezar, estaba claro. Pero es lo que tienen los comienzos, que nunca son fáciles.
Era esto lo que quería ¿O quizás no? Había engañado a los demás… ¿O me había engañado a mí mismo? Todos creían que me iba por ilusión de hacer algo nuevo, por las promesas de que si triunfas en otro país, con otro idioma, triunfas donde sea. Un futuro… Como les había podido mentir así. ¿Para salvaguardar mi orgullo? ¿Para  hacerme el duro y no ver que lo único por lo que me iba era por no perderla?

-          Si no vienes conmigo, yo me iré. No puedo estar un año sin hacer nada, pero yo lo necesito. Necesito hacer algo. Es lo mejor… Ven conmigo si quieres. Yo quiero que vengas, pero es tu decisión.

No hubo que pensarlo mucho. “Yo me iré, contigo o sin ti”. No hacían falta más palabras. El miedo a perder algo por lo que llevaba tanto tiempo haciendo que funcionase al 100%, el miedo a perderla era más fuerte que el deber o responsabilidad que me ataban aquí. No ver a mi familia, no ver a mis amigos, a mi gente… podría soportarlo a duras penas, pero no quería echarla más de menos. Habían sido muchos años aguantándonos a malas, un año entero estando juntos, para que todo acabase por algo así. Ahora la tenía ahí al lado, apretándome la mano, apretándose los dientes y el miedo. Nunca le había gustado volar. Siempre que tenía que coger un avión, antes me llamaba histérica, más cuando le tocaba sentarse sola.
-          Me vas a reventar la mano eh… cariño.
-          Lo siento. Pero es que no me gusta nada…
-          Aún no hemos ni empezado a movernos, tranquila. Además… te suda la mano. Te vas a deshidratar.
-          ¡A mí no me suda la mano, gilipollas! Te suda a ti. Guarro.
-          Jajaja no pasa nada. ¿Nos hacemos una foto? Antes de irnos.
-          Venga vale.
Quince fotos después, lo habíamos logrado.
-          Venga, nos ponemos la música, dormimos y en dos horas estamos ya en Londres… ¿Vale? Tranquila…
-          Vale… pero tengo miedo.
-          Bueno, yo también. Pero alguno de los dos tiene que hacerse el fuerte o nos ponemos a llorar los dos y nos echan eh…
-          Eres idiota en serio.
-          Quizás… pero bueno, por eso estoy aquí.
-          ¿Te arrepientes?
-          Me arrepentiría si hubiese tenido que despedirme y dejarte sola en este avión.

Dos horas y media después estábamos ahí, destrozados. Entre el madrugón, entre el equipaje, entre los paseos de punta a punta en ese infierno de aeropuerto, nos habíamos hecho ya a la idea de que estábamos en Londres, solos. Esperando un autobús que nos llevase al encuentro de su primo. Se nos acercaban gente a preguntarnos cosas, en inglés. Y nuestro inglés primitivo era el que era. Pero al menos nos defendíamos.

-          ¿Qué te ha preguntado?
-          Que donde estaba la estación de metro, me parece.
-          No tienes ni idea ¿no?
-          La he mandado para arriba, pero a saber cómo se lo he dicho la verdad, igual la he mandado a pillar un vuelo o algo a la tía.
-          Dios… vámonos antes de que se dé cuenta de que la has timado.

Otras dos horas de autobús. Llegando a Victoria. Cuatro maletas. Apenas 20 y 22 años. Y parados en mitad de una estación de aspecto viejo de pleno Londres.  Con unas cuantas libras y sin saber cómo coño preguntar si quiera donde estaba la otra parte de la estación.
-          ¿Dónde está tu primo?
-          No tengo ni idea, me dice que está aquí, pero que no sabe en qué salida hemos llegado a caer… ¿Qué hacemos?
-          Si quieres me quedo yo y sal a buscarle, te reconocerá antes a ti que a mí.
-          ¡Ahí viene!


Después de varias horas, después de varios cambios por el metro de Londres, enano y siempre abarrotado, estábamos ya por fin en Finsbury. La que sería nuestra casa durante unos días, hasta que consiguiésemos salir y estar los dos solos. Así se empiezan las historias, despedidas, decisiones, errores e ilusión. Pero no hay mejores historias que las que se empiezan cuando se quiere de verdad, supongo… Todo era empezar. 

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