miércoles, 20 de febrero de 2013

Mi rincón favorito de Madrid.

Ataviada con sus vaqueros rotos, su jersey y su bufanda a juego, cuidándola del frío, su gorro de lana, dejando caer un mecho sobre su rostro, pisando la calle, fuerte, con sus Converse rojas. La mirada perdida, bajando la Gran Vía, con sus sueños a cuestas, y sus ilusiones jugando la mala pasada de verle por todos los escaparates. 
Patricia había cogido la costumbre de perderse por Madrid, recordando con cada sentido, el sentimiento de cada lugar. En su pequeña libreta, la mejor forma de explicar todo lo que se había ido, los besos perdidos bajo aquel árbol de Plaza España, aquellas carreras por Sol, esos abrazos enfrente del Palacio Real. Le sentía en cada paso y en cada suspiro, reconocía su rostro en el de los demás, pensando en que había fallado. En sus oídos, los cascos de su reproductor, al son de la melancolía. Ella vivía enamorada de Madrid, vivía perdida en ese olor y en ese color del invierno de la capital, pero recuerda como se enamoro, y una lagrima de cristal, apenas visible, le baja del rostro. Que triste es todo ahora, cuando el amor lo descubres y tan rápido se va. Se sentía sola, con la única compañera que la música. Mana sonando, y ella sintiéndose tan sola sin muelle al que aferrarse a esperar a su amor. Los días le gastaban la ilusión, le consumían las ganas de sentir. Veía las parejas felices, los corazones pintados en bancos y hechos en los arboles, la mirada ilusionada de las chicas que pasaban de la mano de su pareja, y ella sola, sujetando su pequeña libreta, soñando que algún día los cuentos y sueños que tenia escritos, fueran realidad de una vez, junto a el. Se fue y ella no sabia porque, le quería y la quería, nada podía fallar. Pero todo tiene un final, aunque Patricia se engañara. En su pecho, perdido el ultimo suspiro de que el amor existe. De nuevo, perdida por las calles de Madrid, como cada jornada, como cada rato, acostada en la cama, visitando a Debod, saludando con una sonrisa a Cibeles, tirando un beso a Neptuno. Se sentaba en el Retiro a ver pasar a la gente, escuchar sus ilusiones, bañadas por la luz dorada de las farolas del parque, haciendo tan hermoso el cuento, que no podía mas que llorar. Ella pensaba que el destino la había abandonado, pero el destino siempre tiene la sorpresa en primer ligar. Un día, esa persona con la cual chocaste por la Castellana, puede ser la que te robe el aliento por las noches y los sueños de cada mañana, la que con una caricia haga que cada centímetro de piel se estremezca. Patricia volvía a tener ilusiones, volvía a llorar de la risa, y volvía a perderse por Madrid, pero no sola, no mas veces solas. Ya no escribía su nombre en su libreta junto al de un sueño, ahora tenia una realidad a la que amar. La noche trae sorpresas, bajo la luz del invierno de Madrid. Vestida como siempre, ilusionada como nunca, ahora no había música, ahora solo estaba su voz. Patricia volvía a estar enamorada de Madrid, y esta vez, no estaba sola para dar su amor.

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